lunes, 11 de julio de 2011

INTRODUCCIÓN



























Jamás se supera la muerte de una persona cercana porque su historia se detiene mientras tú continúas escribiendo la tuya. La separación es cada vez más dolorosa porque estás acostumbrado a los alejamientos y a los reencuentros, y en esta ocasión no se produce el regreso. Comienzas a asumir la pérdida, a acostumbrarte a su vacío, a seguir viviendo sin ella. Son los peores momentos, cuando dejas ya de llorar y guardas en tu corazón la esencia de quien se ha marchado para siempre.
        
Me ha costado mucho tiempo decidirme a rehacer este libro, un texto inédito al que le di forma en 1998 cuando mi padre me pidió que escribiera sus memorias. Dos años antes se jubiló por obligación, todavía tenía 63, pero permaneció diariamente en antena para cerrar su medio siglo de radio. Así lo explicaba en la introducción del libro no editado, como justificación de utilizar un biógrafo que contase su historia: 

Cuando tengo un micrófono delante de mí sé lo que tengo que decir y cómo decirlo. Pero en el momento que me enfrento a un folio en blanco en la máquina de escribir o ante la pantalla grisácea de un ordenador, parece como si se quedara vacía mi mente. Y esta situación se acrecienta cuando tengo que abordar el resumen de cincuenta años de vida en la radio. ¿Qué decir? ¿Qué recordar? ¿Qué contar con amenidad para que el lector pueda sentirse interesado? Han sido dieciocho mil doscientos cincuenta días donde han ocurrido tantas cosas, que se podría escribir un libro con las mismas páginas. He querido que fuera mi hijo, Francisco Ortiz Remacha, quien reflejase esta biografía y le diese forma literaria. Él ha trabajado conmigo durante las dos últimas décadas y conoce mejor que nadie ese tramo de historia compartido. El resto, todo lo anterior, se lo he transmitido de palabra o lo hemos recordado en amenas conversaciones. El pretexto para esta publicación es, simplemente, difundir a quien lo quiera leer, un gran bagaje de curiosidades y anécdotas, a veces poco común en esta maravillosa profesión.

Durante meses le escuché, le pregunté, tomé notas y grabé alguna de esas conversaciones. Lamentablemente no recuerdo dónde están las cintas, seguramente las reutilizaría para otras entrevistas, borrando unas palabras que ahora me gustaría volver a escuchar. Pero en esos momentos no pensaba que fueran el testimonio sonoro de su vida. ¿Quién iba a imaginar su muerte prematura? ¿Quién podía suponer que la decisión del entonces nuevo director de Radio Zaragoza, Ángel Tamayo, de prohibirle utilizar los micrófonos de la que fue su emisora durante tantas décadas para «rejuvenecer la antena», precipitaría su enfermedad y su muerte? Arrebatarle el legítimo derecho de comunicarse con los oyentes dejó su vida sin sentido.

El libro quedó olvidado porque aprovechó las notas para publicar sus memorias en primera persona, quizás por exigencias de los editores, para que tuviera mayor repercusión. Entonces no lo entendí, ahora lo comprendo con la perspectiva del tiempo pasado, pero durante unos meses este trabajo en balde me dolió porque me sentí utilizado y no supo explicarme sus motivos.
Pero cuando dejó de trabajar le prometí que todos los días le acompañaría un rato, a veces solamente unos minutos, en ocasiones, varias horas. Lo hice mientras trabajaba en su libro, durante los dos años de retirada progresiva del micrófono, cuando no lo tuvo, en el transcurso de su enfermedad y el mismo día que murió. Mi madre tomaba su mano izquierda a un lado de la cama junto a mi hermano Cristian y yo apretaba la derecha en su agonía, un cuarto de hora donde deseaba que muriera para evitarle el sufrimiento al mismo tiempo que esperaba el milagro que le diera unos minutos más de vida.

Trabajé junto a él veintidós años y permanecí a su lado, a veces sin que ninguno de los dos dijera palabra alguna, seis más. Ahora tengo la oportunidad de recrear su vida completa hasta el final, con detalles postreros que ilustran mucho mejor y con una perspectiva más amplia la personalidad de un solitario e inigualable comunicador que siempre decidió por sí mismo sin admitir imposiciones y que se mantuvo fiel a sus convicciones hasta el final.

Me siento en la responsabilidad de ser su testigo y de intentar perpetuar su memoria para que no se olvide quién fue y lo que hizo para oyentes conocidos y desconocidos durante varias generaciones.


domingo, 10 de julio de 2011

CAPÍTULO I. SE APAGÓ COMO UNA VELA




















Mis precoces comienzos, con quince años de edad en La Coruña, marcaron mi futuro. Fui también precursor de un programa de madrugada, el primero que se realizó en España y que traspasó nuestras fronteras para llegar a todo el continente. Me cupo el honor de radiar tres Campeonatos del Mundo de fútbol y dos Copas de Europa, estar presente en finales internacionales con los mejores clubes nacionales y, sobre todo, ofrecer a los oyentes aragoneses lo mejor del Real Zaragoza en todas sus épocas.
En Radio Zaragoza, subí todos los escalones. De locutor de tercera a director de la filial «Radio Aragón», pasando por jefe de estudios, emisiones y programas. Viajé por pueblos, presenté concursos, inventé programas y conseguí el primer premio Ondas al mejor locutor. Viví entierros como los de José Oto, visitas como las de Juan Pablo II, inauguraciones como las de las torres de Pilar o la Romareda, radié finales como la del Parque de los Príncipes, entrevisté a miles de personas vinculadas a la música, la política o el deporte... Pero más allá de los grandes eventos, lo más importante para mí ha sido poder entrar en el hogar de los oyentes. Ganarme su estima, acompañarles, divertirles y emocionarles.
Llegué con dieciocho años a Zaragoza, juré bandera en esta ciudad, aquí me casé y aragoneses son mis hijos. Aunque los cantos de sirena me tentaron, no quise marcharme para iniciar nuevas aventuras y doy gracias por taparme a tiempo los oídos. Este pueblo, esta tierra, tira mucho.
A los más jóvenes les tengo que decir que, pesé a los cincuenta años transcurridos, cada día aprendo cosas nuevas. Y también surgen en mi mente distintas formas de hacer radio, más comunicativa, más personal, más íntima, más realista, más acorde con nuestro tiempo.
Hay quien dice que he sido la voz de Aragón. No lo sé; quizás sea un poco presuntuoso, pero es posible que tengan parte de razón. De todas formas, espero seguir diciendo, durante mucho tiempo: un saludo, amigos, les habla Paco Ortiz.

No lo volvió a decir nunca más. Ya no tuvo programas propios y se limitaba a colaborar en los espacios deportivos con sus comentarios, cada vez más breves y menos periódicos porque su tiempo se había acabado. Estaba en los minutos de aumento, como en los partidos de fútbol cuando el cuarto árbitro levanta la tablilla luminosa e indica lo que todavía resta por disputarse. El público comienza a levantarse, se juega de manera horizontal y se espera que el colegiado pite el final con el cansancio a cuestas y sabiendo, en la mayoría de las ocasiones, que el resultado ya no se va a alterar. Y así fue. En su foro interno, al resumir su vida profesional en las líneas anteriormente escritas, estaba diciendo adiós sabedor que ya no iba a marcar ese último gol que tanto le hubiera gustado rematar.

Su última intervención en antena se produjo el 18 de abril de 2004, antes del partido que jugó el Real Zaragoza frente al Athletic de Bilbao en San Mamés y que perdió por 4-0. El equipo había ganado un mes antes su sexta Copa en Montjuich frente al Real Madrid pero no tenía segura la permanencia de categoría. Desde que me incorporé a Radio Intereconomía pensé en él para que volviese a la radio y tuviera un aliciente para seguir luchando, pero se encontraba muy débil y no tenía ganas de emprender una nueva aventura.

Después de insistir mucho, le convencí de volver a la Romareda y de sentarse a mi lado en el pupitre de prensa. Mientras hizo buen tiempo, en septiembre y octubre, me acompañó para comentar las incidencias de un Real Zaragoza degradado en la Segunda División. Entre el frío de otoño y el aburrimiento que producía el pobre juego de la categoría, decidió no volver jamás al campo de fútbol. Ya era mala suerte que reapareciera en una emisora nueva, casi desconocida y con su Real Zaragoza humillado por el fracaso del descenso.

Pese al ascenso solamente conseguí meses más tarde, que colaborase en directo antes del partido. Se trataba de una crónica sobre lo que él opinaba de lo que podía ocurrir, con un pesimismo que era el reflejo de cómo se encontraba en su interior. Su voz se fue apagando partido a partido hasta hacerse irreconocible y yo sufría cuando creía que no tenía fuerzas para seguir o parecía perder el hilo de su comentario.

La última vez que acudió al estadio municipal fue antes de la final de Copa de 2004. Heraldo de Aragón publicó un reportaje con varias personas que habían presenciado todas las finales del Real Zaragoza y les convocaron a la Romareda. Yo acompañé a mi padre, ya en condiciones muy precarias, y fui el que «tradujo» sus impresiones a Raúl Lahoz, el periodista que escribió el artículo para que reflejase fielmente sus recuerdos porque esa mañana se encontraba especialmente débil.

Recuerdo que llegamos, como siempre, antes de la hora fijada y paseamos unos minutos por los exteriores del campo de fútbol hasta que llegaron los demás y entramos al estadio. Estaba ilusionado con la posibilidad de volver a ser noticia y contar sus recuerdos, hablar con la gente y retomar el hilo argumental de su vida: la radio y el Real Zaragoza. No quiso ponerse corbata y prefirió un jersey oscuro de cremallera y cuello alto que conservo en mi casa.

Fueron varias las fotografías que les hicieron al grupo desde diferentes rincones de La Romareda y terminó muy cansado. Esperó varios días con impaciencia el reportaje y cuando lo vio, se sintió gratificado. Fue la postrera alegría que recibió de los medios de comunicación locales, su última presencia en ellos como historia viva del zaragocismo. La siguiente fue su necrológica, para la que ninguno de los medios locales me preguntó absolutamente nada, ni se puso en contacto conmigo excepto tres o cuatro compañeros a título individual y sin motivaciones periodísticas. En cuanto a las cadenas nacionales, solamente me llamó ese mismo día Josep Pedrerol que, por entonces, dirigía con Joaquín Ramos Marco «En la Banda», de Radio Intereconomía. Realizó un reportaje entrañable y me invitó a participar pero apenas podía hablar y preferí escucharlo mientras me hundía en un mar de lágrimas.

sábado, 9 de julio de 2011

CAPÍTULO II. UNA NIÑEZ DESARRAIGADA

La infancia de una familia desterrada a más de seiscientos kilómetros de su casa por culpa de una guerra civil, no puede ser ni feliz ni entrañable porque el cariño es algo secundario. La supervivencia es lo primero, mezclada con el miedo de que encuentren a tu padre, fugitivo, y la realidad de la cárcel, donde acudes diariamente a llevarle la comida después de prenderle.

Lo peor era la espera, el frío, y la mirada de culpabilidad de mi padre cada vez que le entregaba con mis manos temblorosas la escudilla.

Ese episodio de su vida me lo repitió varias veces los últimos años, siempre de la misma manera y sin más explicación por su parte, que no recordaba apenas nada más de esos oscuros años.

Quizás esa cruel realidad produjo muchos silencios que le aislaron y le convierten en un ser más sensible, aunque menos comunicativo. Los largos días de lluvia en Galicia, donde fueron obligados a vivir tras la libertad de mi abuelo y la oscuridad de la noche, le invitaban a escuchar la radio y a dejar volar su imaginación. Así fue como Paco Ortiz encontró en la palabra el camino de su vida, entregándose a una ilusión que le permitía escapar de la monocromática realidad.

 
Tenía diez años y mi diversión favorita era escuchar la radio, una extraña afición que no creo compartiese con otros chavales de mi edad. Quizás por el tono de voz, posiblemente por la lejanía, me apasionaban los programas que se podían captar lejos de España. Desde el barrio coruñés de los Castros, elevado sobre la ciudad vieja y asomado de lejos al mar, era maravilloso poder llegar con la imaginación hasta París, Moscú, Praga o Londres, y oír nuestro idioma. Yo no entendía demasiado los contenidos políticos que allí se vertían, tampoco me importaban, pero me impresionaba que desde lugares tan distantes alguien me estuviera hablando y que eso lo escuchasen miles de personas.

Mi padre esperaba la llegada de la noche con ilusión, casi con ansiedad, para recorrer el dial de un extremo a otro. Sin saberlo, iba adquiriendo una terminología y unos conocimientos generales que le servirían de mucho para forjar su personalidad. Era un crío inquieto y descarado, listo pero poco constante en los estudios, ya que las noches las dedicaba a dejarse llevar por las diferentes sintonías.

Una clara madrugada de verano, entre el rumor de las olas cercanas y el ronco sonido del motor de los pesqueros que salían a la faena, encontré de repente la BBC. Escuché por primera vez un auténtico programa de radio, apartado de las tendencias políticas del resto de las emisoras que escuchaba habitualmente. El electrizante sonido de los timbales que la Quinta de Beethoven -que era la sintonía de la BBC-, me paralizó. Después sonó una voz profunda que llenó el espacio de la noche: «Transmite la BBC desde Londres. Este es el programa Más Allá del Río Amazonas...»
Hasta entonces, solo oía la radio. Desde aquel programa, comencé a amar la radio y descubrí que no se trataba únicamente de una sucesión de largos discursos o noticias de guerra. Ante mis oídos se abrieron las puertas de una producción perfectamente concebida, agradable, instructiva, donde la música comentada y después emitida, llegó a ser más comprensible para mí. Escuché entrevistas, conexiones con distintos países, disfruté de las anécdotas y curiosidades del mundo... Lo que menos me gustaba era que los locutores tenían un pronunciado acento sudamericano, o eran ingleses que hablaban un correcto castellano pero totalmente frío e impersonal.

La radio fue su compañía, su Ángel de la Guarda y su obsesión. A ello contribuyó el hecho de que en su casa tuvieran dos aparatos y pudiera experimentar con uno u otro, al margen de lo que escuchasen sus padres, cosas menos interesantes para un muchacho fascinado por el conocimiento que le proporcionaba pegar la oreja al altavoz.

El del salón me parecía enorme y estaba allí desde siempre. Tenía una antena similar a un muelle que iba de lado a lado del techo y otra, en forma de hilo, que se perdía bajo la mesa camilla. Contenía unas grandes lámparas que se fundían en los momentos más emocionantes de «El teatro en el aire», con el repetido enfado de mi padre, que golpeaba con violencia el aparato sin conseguir que volviese a sonar esa tarde. El otro era más moderno y lo habíamos comprado de estraperlo por un buen precio, unas mil pesetas. Estos llegaban camuflados en el trasatlántico «La Reina del Pacífico» que, por ser inglés, no atracaba en el puerto y fondeaba en la bocana de la bahía coruñesa. Me empeñé de tal manera, con tanta insistencia en instalarlo en mi cuarto, que mis padres no tuvieron más remedio que acceder a comprármelo.

 
Tener dos aparatos de radio en casa significaba cierto prestigio social, ya que los vecinos se reunían con un respeto imponente en el domicilio del afortunado para escuchar lo que salía de aquel enorme cajón, de presencia cuidada y hasta lujosa, pero con muchas dificultades de sonido a causa de los problemas de suministro de energía eléctrica que había por entonces. En las ciudades, pese a todo, se podía acceder a ellos, pero en la mayoría de los pueblos era imposible su adquisición. Y no por circunstancias económicas solamente, sino porque no había llegado la electricidad al medio rural.

viernes, 8 de julio de 2011

CAPÍTULO III. POR FIN CONOCE LA RADIO

Su primer contacto con la radio se produjo de manera accidental, gracias a un cambio de itinerario en su rutina diaria y a la lectura de un libro.



Como las matemáticas no eran mi fuerte, recibía clases particulares en el domicilio de un profesor que vivía en la plaza de María Pita. Siempre atravesaba la calle Real para acudir a la cita, pero unas obras me obligaron a cambiar la ruta habitual y desviarme por otro lado. Como iba bien de tiempo me distraía mirando escaparates y en uno de ellos aparecía estratégicamente colocado un libro titulado «tu futuro es la radio». Me costó lo mío reunir las dieciocho pesetas que valía, pero no cejé en mi empeño hasta comprarlo y devorarlo de una sentada.

La semilla plantada y que germinaba con la escucha nocturna de las ondas, brotó definitivamente con la lectura de sus páginas. Aprendió los fundamentos básicos de la radio, su historia, la confección de guiones, la manera de escribir las noticias y consejos para su lectura. Se animó, olvidó las matemáticas (nunca pudo con Cabrerizo, su más odiado profesor) y se zambulló en la aventura de escribir su primer guión, que tituló «El hijo del Tuareg». Metió el original en un sobre y lo envió después de muchas dudas al director de Radio Nacional en La Coruña. Aunque apenas tenía esperanzas de recibir contestación alguna y llegó a arrepentirse por su osadía, le dio un vuelco el corazón cuando su madre le comentó de pasada días después, antes de comer, que tenía una carta de la radio.

Era exactamente el cinco de febrero de 1948, hacía frío y la humedad calaba los huesos. Las manos me temblaban cuando rasgué el sobre -casi rompo también su contenido- y leí con emoción que al jefe de programas de la emisora le había gustado el guión y que me pusiera en contacto telefónico con él. Aquella tarde no fui a clase y desde un bar al lado de casa, concerté una cita con el señor Martínez Anido, firmante de la carta. Desde ese momento y hasta el lunes después de comer, estuve preso de una ansiedad que me hacía ir de un lado para otro sin rumbo fijo, despertando sospechas entre mis padres que creían estaba enfermo.

Y llegó el gran día. Un chaval de quince años, con pantalón corto y hecho un manojo de nervios, se plantó en la emisora y pidió ver a Ramiro Martínez Anido. El conserje apenas le atendió con un susurro, le indicó que esperase sentado y cuando llevaba olvidado más de una hora, el joven Paco se armó de valor y le enseñó la carta firmada por el Jefe de Programas al empleado que reaccionó con sorpresa y urgencia. Don Ramiro le recibió con incredulidad, extrañado de la madurez literaria del joven que tenía delante de él.
-¿De verdad has escrito tu el guión? -le preguntó con gravedad.
-Sí, señor. Y aquí le traigo otros dos más por si desea echarles un vistazo
-respondió envalentonado mi padre.
-¿Dónde has aprendido a escribir? ¿Qué experiencia tienes en radio?
-En el libro «tu futuro es la radio» y llevo años escuchando emisoras de todo el mundo hasta la madrugada.
El hombre se vio superado por la energía y decisión de su interlocutor y bajó la tensión de la conversación, derivándola a otros aspectos más agradables y menos inquisitivos, de tal manera que pudiera conocer algo más del muchacho. Martínez Anido decidió jugar fuerte y le propuso una prueba de lectura. Para ello, mandó llamar a un locutor, Emilio Díaz, que era por entonces uno de sus ídolos y al que escuchaba todos los días con admiración.
-Hola chaval, -dijo con simpatía para quitarle trascendencia al momento-. Vamos al locutorio a ver si lees tan bien como dices.
Paco leyó la parte del narrador, que era también el protagonista, mientras ambos profesionales se miraban con perplejidad.
-No esta mal -aseguró Emilio Díaz asintiendo con la cabeza-, la verdad es que tienes madera de locutor.
-¿Te atreverías a leerlo en directo? -preguntó el jefe de programas.
-Por supuesto, -contestó con rotundidad Paco Ortiz.
Martínez Anido dejó reposar su mano derecha sobre el hombro izquierdo del chico y le dio la gran noticia:
-El guión me gusta, lo has leído muy bien y valoro tu valentía. El viernes lo emitiremos en el programa «Ondas cortas, variedades de la semana» que comienza a las nueve de la noche. Ven una hora antes.
Y así sucedió. Un siete de febrero de 1948 surcaba las ondas la voz de Paco Ortiz, con tan sólo quince años de edad. Todos los viernes, durante unos meses, tuvo un papel cada vez más importante en el espacio radiofónico. Fue tal su progresión que, al año siguiente, formaba parte del equipo de realización de una emisión de madrugada dedicado a los pescadores, colaborando como locutor antes de ir al Instituto.

jueves, 7 de julio de 2011

CAPÍTULO IV. UNA DECISIÓN CLAVE EN SU VIDA

El pájaro volaba del nido y era imposible cortarle las alas. La Coruña se le quedaba pequeña y eso de ganarse la vida como bodeguero no estaba hecho para él. Ser el aprendiz de su intransigente padre, vivir la monotonía de una familia tradicional, le consumían. Su amigo Enrique Marentes, su mayor apoyo en los años de adolescencia y compañero de travesuras, le animó a dar el salto. Las disputas familiares fueron continuas y de gran intensidad, ya que sus padres esperaban que el joven Paco se encargara del negocio paterno una vez terminase el bachiller. Su hermano Alfonso, cuatro años mayor que él, no podía ser el sucesor porque estudiaba en el Seminario y se dedicaría al sacerdocio; Don Francisco y Doña Carmen habían luchado mucho por hacerse un hueco en la sociedad de una ciudad provinciana y conservadora como la Coruña y era un severo contratiempo que su hijo fuera a dedicarse al «mundo del espectáculo». Pero nada le hizo detenerse, ni el disgusto de su madre, ni abandonar el mar que le tenía subyugado, ni el vértigo que suponía afrontar unos estudios en la capital alrededor de las grandes voces de la radio española.


La idea de no volver a ver el mar era lo único que me disuadía de marcharme de mi casa. Ni las lágrimas de mi madre, ni las advertencias de mi padre, ni mis amigos de correrías, suponían un obstáculo para zambullirme en el mundo de la radio. Quería aprender lo que ya no podía encontrar en una modesta emisora tan rígida como mi familia, sin posibilidades de crecer. Madrid era mi futuro, el paso previo a cualquier cosa que pensara hacer en mi vida. Pero también soñaba con enrolarme en un barco, en ver el mundo, tener una novia en cada puerto... Quise ser capitán mercante pero las matemáticas se habían convertido en un enemigo insuperable, y mientras me dolía la cabeza pensando en despejar incógnitas y en álgebra, los guiones radiofónicos surgían con facilidad de mi mente y las frases hermosas brotaban de mi boca. Me gustaba la música, hablar sobre ella, sobre sus compositores e intérpretes, soñar mientras sonaba en la radio.

Lo supo años más tarde, pero su padre le pidió en secreto a su familia de Madrid que le acogiese en su casa y le tratase lo mejor posible, aportando incluso una cantidad para sus gastos. Nunca le dio su aprobación pero siguió de cerca sus progresos y seguramente se sentiría orgulloso de su hijo al que transmitió sus genes rebeldes y contestatarios.

En el Instituto de Radio y Televisión coincidió con personajes que también se formaban en esa formidable escuela de profesionales, como Jesús Álvarez, Daniel Vindel o José Luis Pécquer, unos años mayores que él y precursores de lo que más tarde sería Televisión Española. Fue un tiempo de maduración, de aprendizaje, que concluyó con su diploma bajo el brazo y una mejora de las relaciones con sus padres, que ya daban por hecho su adiós definitivo. De hecho, tras la muerte de su padre, en 1957, Doña Carmen se trasladó a vivir a Zaragoza y su hermano Alfonso, ya sacerdote, fue rector del seminario y posteriormente el bibliotecario del Centro, después de pasar unos años en Roma.

Pero no adelantemos acontecimientos. De vuelta a La Coruña después de tres cursos en Madrid, se le hacía muy cuesta arriba permanecer con sus padres, aunque fuera de vacaciones. Se aburría mucho y se le ocurrió enviar cartas a las emisoras más importantes del país pidiendo trabajo, sin importarle el destino, porque deseaba iniciar una vida nueva con dieciocho años que le llevase al éxito. A los pocos días recibió respuesta desde Zaragoza donde le invitaban a realizar una prueba. No lo dudó ni un instante; hizo las maletas, tomó un tren y se dirigió con excitación al lugar donde pasaría el resto de su vida.

Al principio me decepcionó la ciudad. Llegué un caluroso día de julio del año 1951 y estuve tentado de volverme en el siguiente tren. Me planté en la antigua estación del Norte a las nueve -todavía de día-, después de veinte horas de viaje en segunda clase a bordo del «Shangay», horrorizado ante la fealdad del vetusto y destartalado edificio ferroviario, que nada tenia que ver con el de la coqueta estación de La Coruña. No tuve que preguntar por la plaza del Pilar ya que desde allí se veían las dos torres de la Basílica, mucho menos hermosa que ahora.
El trayecto me parecía corto y tenía ganas de caminar, pero a medida que el tiempo transcurría la maleta se me hacía más pesada y daba la sensación que no llegaba nunca a mi destino. Cuando alcancé el Puente de Piedra, después de atravesar campos y huertas, contemplé el Ebro y se me antojó menos caudaloso de lo que creía, sobre todo comparándolo con las enormes e interminables rías gallegas.
Por fin llegué al otro lado, donde me desconcertó por su majestuosidad la Torre de la Seo, que era una larga mancha oscura sobre la claridad de la incipiente noche. Pregunté por la Hospedería del Pilar, algo inquieto por la soledad de la plaza y el aspecto de las casas de la zona. Tras un caserón grande (que resultó ser la Lonja), se adivinaban una obras importantes en un descampado (la construcción del nuevo ayuntamiento), más allá el Pilar y, por fin, el hostal que iba a servir para descansar entre sobresaltos durante mi primera noche en Zaragoza.

miércoles, 6 de julio de 2011

CAPÍTULO V. SU INCORPORACIÓN A RADIO ZARAGOZA

Sólo durmió unas horas aunque el apetitoso desayuno servido por una de las amables monjas de la Hospedería le devolvió el color. Preguntó por la calle Almagro, donde le esperaba el jefe de programas de la radio a las once de la mañana, y le indicó que no tenía pérdida aunque debía atravesar gran parte de la ciudad. Por entonces Zaragoza tenía unos doscientos mil habitantes,
un parque automovilístico reducido, no se habían acometido los grandes ensanches y se vivía un ambiente provinciano. El tiempo parecía detenido,
no existía la prisa de Madrid ni su agitada vida cultural y política, pero la dimensión de la ciudad era superior a La Coruña, prácticamente aislada entonces del resto de España y con una clara vocación hacia Iberoamérica.

El calor no era tan pegajoso y la mañana se despertaba alegre. La calle Alfonso me pareció bonita, la concentración de tranvías en la Plaza de España, curiosa y el Paseo de la Independencia, muy acogedor. Al fondo contemplé con admiración el singular edificio de la Facultad de Medicina y, poco más tarde, llegue a una calle corta, estrecha y con pocos árboles, al final del Paseo de Pamplona.
No fue fácil encontrar los estudios ya que no había letrero alguno que lo indicase. Por fin, imaginé que estaban tras una puerta alta y acristalada. El vestíbulo del conserje era muy pequeño, lo crucé después de presentarme y se abrió ante mí un larguísimo pasillo pintado de verde oscuro, con desconchones, que terminaba en una amplia sala con piso de madera. A un lado y otro, dos pequeñas habitaciones albergaban lo que debía ser la discoteca y la redacción, con un par de máquinas de escribir muy antiguas. El locutorio era pequeño, con unas gruesas cortinas para amortiguar el rebote del sonido, y el control tenía mejor aspecto, dado que los elementos técnicos parecían modernos y en buen estado. En la sala grande, al final del recorrido, destacaba entre la soledad de la pieza un enorme piano de cola donde se suponía se interpretaban obras en directo.

Entró al despacho del jefe de programas que se le ofrecía como de otro mundo, con una gran mesa antigua y unos sillones «cardenalicios». La primera impresión que recibió fue desalentadora, pero su ilusión por trabajar en la radio era capaz de animar su espíritu subyugado. La voz de don José Perlado era suave y su mirada parecía escudriñar su interior, aunque no se sintió agredido en el interrogatorio. Quedaron de acuerdo en que se iba a incorporar durante un tiempo a prueba y disminuyó la crispación inicial.
-¿Qué le parecen los estudios? -preguntó Perlado.
-El centro emisor debe ser muy bueno. Desde La Coruña se escucha sin dificultades Radio Zaragoza -respondió «a la gallega» el aspirante a locutor, sin expresar su inquietud por las instalaciones.
El jefe de programas salió un momento de su despacho tras una breve y superficial charla, con la excusa de dar un par de órdenes. Desde la solemne habitación escuchaba el sonido de una máquina de escribir y un murmullo difícilmente inteligible.
A los cinco minutos volvió Perlado. -Nos espera el director de la emisora en las oficinas de la plaza de España. Están cerca de aquí. Si le parece, nos ponemos en camino.

Durante el paseo hablaron de la radio y de su juventud, que podría complicar su contratación, ya que esperaban un profesional de mayor experiencia. Paco Ortiz se mostró algo ofendido y respondió con inmodestia.
-Pues ya ve. Tengo dieciocho años pero llevo tres vinculado a este mundo. Empecé en Radio Nacional de La Coruña y traigo un diploma de sobresaliente de la Escuela de Radio del SEU, por si eso sirve de algo...
Don José le escuchaba con paciencia. Hablaba con delicadeza y su tono era amable, con la intención de aplacar el nerviosismo y la agresividad del joven aspirante. Ya en el paseo de la Independencia le sugirió que tomasen un café. Aunque no le apetecía en absoluto realizar una parada antes de hablar con el director, accedió de buen grado simplemente por no contrariar a su posible jefe.
-Vamos a entrar aquí. Te gustará el lugar. Se llama «Ambos Mundos». Lo usamos a veces para retransmitir conciertos en directo. Dicen que es el café más grande de España.

Perlado notó su asombro al entrar en el local y sonrió. Se lo estaba ganando con la naturalidad de un hombre acostumbrado a mandar desde la inteligencia y la bondad. Totalmente entregado, la negociación con Ángel Bayod, entonces director de la emisora, fue sencilla. Querían un locutor todo terreno y que tuviera conocimientos futbolísticos, ya que el Real Zaragoza había ascendido a Primera División y la emisora deseaba potenciar la audiencia deportiva. Las condiciones económicas eran lo de menos, pero le pareció bien cobrar las dos mil pesetas mensuales propuestas.

Después de comer, con la excitación propia de estar a punto de conseguir su primer trabajo, volvió a los estudios. Allí conoció a López Soba -uno de los mas grandes comunicadores del momento-, a Alfonso Herrero -el jefe de personal- y a Ramón Salanova, que terminaría ocupando el cargo de redactor-jefe de la emisora. Ambos fueron entrañables con un chaval solitario y que, pese a su aspecto vanidoso deseaba el cariño y la comprensión de quienes tenía alrededor. Realizó una prueba de lectura que resultó satisfactoria y aportó sus ideas innovadoras sobre la radio, con proyectos que había madurado en sus postreras semanas de estancia en Madrid, embebido de las últimas corrientes profesionales de los jóvenes radiofonistas recién salidos del Instituto. La sintonía entre una radio en transformación, pero anclada por edad en la década de los cuarenta, y la fuerza de un joven ambicioso con deseos de triunfar, motivó que sus dirigentes apostasen por el cambio y se planteasen incluso el traslado de los estudios tres años mas tarde.

martes, 5 de julio de 2011

CAPÍTULO VI. UNA CIUDAD QUE LE ACOGIÓ PARA SIEMPRE

Pasado el verano, cuando se incorporó definitivamente a Radio Zaragoza, compartió el vértigo de sus comienzos con otros nuevos valores que constituirían el germen de la explosión de Radio Zaragoza. Locutores como Joaquín Melic, Conchita Carrillo o Pilarín Lapeña, periodistas como José María Ferrer «Gustavo Adolfo» o expertos en música clásica y teatro como Manolo Serrano, completaron una magnífica plantilla junto al ya mencionado López Soba o a la excelente maestra de dicción que fue Pilar Ibáñez, emblema de la emisora durante décadas.


Hasta pasadas las fiestas del Pilar, estuve a prueba y manifesté mi intención de hacer algo más que leer crónicas de fútbol. Presenté guiones musicales a la dirección y me atreví incluso a realizar entrevistas y concursos publicitarios. En aquella época Radio Zaragoza abría sus emisiones a las doce del mediodía con las campanadas del Pilar y la jaculatoria mariana. Cerraba después del «parte», a las tres de la tarde, y reaparecía entre las ocho y las doce de la noche. Los grandes conciertos, los discos dedicados, los seriales radiofónicos, las «ondas infantiles» y breves noticias de sociedad, componían la totalidad de la programación, salpicada de «guías comerciales», que eran las inserciones publicitarias de entonces.

Paco Ortiz vio la posibilidad de agilizar estos espacios y comenzó a crear alternativas novedosas para los habituales oyentes de la emisora, que pronto quedaron maravillados de su imaginación y arrogancia. Así nacieron «la alfombra mágica», «el duende de la discoteca», «pasarela luminosa», o «el doctor Tagore y su horóscopo», que aportaban una mayor frescura a la radio y la posibilidad de participación de los oyentes a través de los concursos, que se entregaron al nuevo estilo de Radio Zaragoza. Su dedicación fue recompensada por la dirección, que le incorporó a la plantilla como locutor de tercera en 1952.

Uno más en la familia de la radio, plenamente integrado y con un futuro prometedor, le propusieron realizar el servicio militar como voluntario para no paralizar su actividad profesional y continuar con su trabajo en la emisora. Asumió el consejo -que fue más una orden- e ingresó en el Ejército del Aire el 1 de septiembre de 1954. En la Escuadrilla de Protección Aérea de Sanjurjo realizó el periodo de instrucción, coincidiendo con la célebre pareja taurina «Aparicio» y «El Litri», a los que no vieron los reclutas de su reemplazo hasta el mismo día de la Jura de Bandera. Fue destinado a la Plana de Mando, en la calle Mefisto, en la esquina de la entonces plaza de José Antonio, de donde marchaba a la radio sobre las dos de la tarde para cumplir con su turno de trabajo.

Solamente tuve un percance serio en mi vida militar y que me costó un mes de calabozo. Presentaba en el Teatro Principal un acto organizado por el Ayuntamiento y para el que pidió mi presencia el mismísimo alcalde Gómez Laguna. Como de costumbre, este acontecimiento social era retransmitido en directo y terminaba sobre la medianoche. Concluído con éxito, tomábamos un refrigerio en una sala contigua al escenario y, cuál no sería mi sorpresa, cuando me comunicaron que había una pareja de la Policía de Aviación en la puerta esperándome para arrestarme. Se supone que alguien daría el chivatazo y me «pescaron» fuera del cuartel pasada la hora de retreta y luciendo un impecable smoking, con el que me detuvieron tras un leve forcejeo. Dijeron que había golpeado a uno de los policías, pero tuve la mala suerte de rozarle el ojo cuando intentaba quitarle sus manos de encima.

En esos momentos también supo disfrutar de la vida, ya que mandaba traer del restaurante «El Mesón del Carmen» su comida diaria. Acudía a misa los domingos escoltado por la policía militar y causaba sensación su aspecto robusto, con la cabeza rapada, entre los soldados y familiares que acudían al acto religioso. Allí sufrió su primera intervención quirúrgica, ya que le fue extirpada una uña infectada de un pisotón. «El dolor anestesia», así le respondió el médico momentos antes de arrancársela con unas tenazas y después de preguntarle ingenuamente qué tipo de calmante le iba a administrar...

Poco tiempo más tarde, ya licenciado, tuvo la oportunidad de codearse con los mandos gracias a un reportaje realizado en la Academia General Militar. Llegó a grabar los actos más destacados de la Jura de Bandera de los cadetes que por entonces suponía una importancia capital en la vida social zaragozana. Aunque jamás ha tenido el menor interés por lo castrense (y menos después de sus largos días de calabozo), debió hacerlo muy bien porque al día siguiente era ascendido a locutor de primera. Su liderazgo era ya tan innegable como la propia evolución de la radio en esos años. La ciudad necesitaba una opción más variada, de más alta tecnología y demandaba el cambio. Se extendía la venta de aparatos, menos costosos y de dimensiones más reducidas, y comenzaba a exportarse la radio «cara al público», que tanto éxito tuvo a finales de los cincuenta y en los años sesenta.

lunes, 4 de julio de 2011

CAPÍTULO VII. LOS MAGNETOFONES DE HILO

Hasta principios de los años cincuenta no tuvimos posibilidad de realizar ningún tipo grabaciones, pero tampoco las echábamos de menos porque no conocíamos los magnetofones. Cuando ahora usamos alguno tan pequeño como un paquete de cigarrillos, con una calidad de sonido rayana en la perfección y con una gran autonomía de grabación, pienso con nostalgia la cantidad de cosas que hubiera podido hacer en mis primeros años de radio. Los jóvenes profesionales no pueden llegar a comprender la maravilla que tienen en sus manos, lo sencillo que les resulta recoger testimonios sonoros tan útiles en la precipitada radio del nuevo milenio.

El magnetofón en cuestión pesaba más de veinte kilos y necesitaba una fuente de alimentación eléctrica, porque entonces no existían las baterías tal y como las conocemos actualmente. En consecuencia, el técnico y el locutor tenían que cargar además con cincuenta metros largos de cable para enchufarlo a la corriente. El problema era a veces la humedad, porque los «calambres» les ponían los pelos de punta cuando tomaban en sus manos el metálico micrófono.

Al peso físico del magnetofón había que añadirle el de la preocupación. Teníamos que llevar un carrete vacío del tamaño de una cinta de máquina de escribir y otro carrete donde estaba bobinado el hilo, unos cuatrocientos metros de acero delgadísimo. Las dificultades comenzaban cuando había que buscar el comienzo del hilo y, como sucede con las agujas de coser, introducirlo en un minúsculo agujero. Luego, pasarlo entre tres poleas y engancharlo en el carrete vacío, instalado encima de un motor para que tirase del otro, con hilo de acero. Después de toda esta operación, comenzábamos a grabar. Para colmo, el micrófono estaba unido al aparato con un cable muy corto de manera que el campo de acción para realizar las entrevistas era realmente limitado.

En la mayoría de los casos el hilo terminaba rompiéndose, con el consiguiente disgusto de todos. Había únicamente dos soluciones al problema: si ocurría al comienzo de la grabación se repetía el rito del hilo, las poleas y el carrete vacío. Si la entrevista o el reportaje estaba ya muy avanzada, se tenían que anudar los dos cabos con sumo cuidado. ¿Han probado en alguna ocasión hacer un nudo con dos trozos de hilo de acero? No les aconsejo que lo intenten.

Ahora sonrío recordando algunas imágenes ciertamente cómicas, de vuelta a los estudios, cuando reproducíamos la grabación. Una vez superado el numerito de la entrevista, nuestro temor se prolongaba hasta el mismo momento de su puesta en antena. No podíamos apartar ni un solo instante la mirada del carrete mientras las manos del técnico estaban sobre el aparato con la misma atención que las de un cirujano en una delicada operación. La tensión se palpaba en el ambiente, allí no hablaba nadie hasta que terminaba sin incidencias la entrevista.

En ocasiones no había tanta suerte y el hilo se partía. Entonces, con una gran pericia, el técnico debía tomar entre sus dedos la punta de uno de los tramos -el que aún pasaba entre los rodillos- y seguir tirando de él, pausada y rítmicamente, ya que si no se mantenía la tensión en el otro carrete, la máquina se paraba automáticamente.

Lo peor de todo esto era si el desastre ocurría al poco tiempo de su emisión, porque el técnico tenía que pasarse diez o quince minutos tirando de un hilo que se iba enredando entre sus pies, que se acumulaba en el suelo, que serpenteaba como una excitada cobra. El colofón lo ponía la desagradable tarea de enrollarlo en el carrete con una paciencia digna del mismísimo Job.

Por eso, cuando el director les decía: “chicos; hoy, grabación”, a los desafortunados que les correspondía el servicio pensaban: “hoy, maldición”. La llegada del magnetofón de cinta fue un alivio, puesto que si se rompía la cinta se pegaba fácilmente con un adhesivo especial. Aún así, esas primeras máquinas no tenían autonomía e iban provistas de un cable y un enchufe para la corriente, lo que impedía la comodidad de las entrevistas.

Mi primera grabadora portátil a pilas me la entregaron a principios de los setenta, pero como las instrucciones venían en alemán tuve que aprender a usarla sobre la marcha, a puro de probatinas. No sabía calcular el tiempo de vida de las baterías y era común que se agotasen, sin previo aviso, a la hora de reproducirlas. Las voces iban adquiriendo un tono grave, cada vez más lento, hasta derivar en unos sonidos cerdunos imposibles de emitir, con las carcajadas de los oyentes y el cabreo del entrevistado ante el ridículo que estaba haciendo en antena. De todas formas, aunque se ha ganado en tecnología, nunca podré olvidar las emociones (y las garrampas) de aquellos viejos magnetofones. ¡Aquello sí que era vivir la radio con toda intensidad!

domingo, 3 de julio de 2011

CAPÍTULO VIII. EL PRIMER DISCO MODERNO

Volver la vista atrás y recordar los antiguos discos de piedra o los pesados magnetofones de hilo, significa dar un paseo por el túnel del tiempo que para muchos de los lectores será un auténtico descubrimiento y les provocará curiosidad y extrañeza.


Cuando llegué a Zaragoza ya conocía los discos de piedra, que era así como les llamábamos. Debíamos tener un gran cuidado con ellos ya que al menor golpe se partían. También había que cambiar de aguja el tocadiscos, un auténtico estilete de acero que solamente servía para una radiación. Si el técnico no se acordaba de sustituirla, a mitad del siguiente disco la aguja estaba prácticamente roma y el sonido que salía a antena, insoportable. Eso cuando no se enganchaba en el surco y se repetía un tramo del disco, algo cómico para los oyentes y que se solía solucionar con un golpecito al brazo del tocadiscos. Lo que ocurre es que, algunas veces, el sincronizador no se encontraba en el estudio y la incidencia pasaba de graciosa a pesada.

La llegada del primer microsurco fue todo un acontecimiento. Por aquel entonces, Paco Ortiz realizaba tres o cuatro programas musicales y la utilización del invento le permitió mejorar la calidad de la puesta en antena y darle alas a su imaginación.

Sucedió cuando todavía estábamos en la calle Almagro. El director, Ángel Bayod, traía un bulto en sus manos y lo depositó como algo misterioso encima de la mesa. Allí estábamos técnicos y locutores esperando con ansiedad que descubriese el objeto que con tanto cuidado había transportado. Desenvolvió el paquete con sumo cuidado y apareció ante nuestros abiertos ojos una lámina circular negra con un pequeño agujero en el centro. Bayod la dejó sobre la tapizada mesa de la discoteca y comentó con aire severo que el mundo de la radio había cambiado y que desde ese momento sustituiríamos los discos de piedra por los microsurco. Lo tomé con las yemas de mis dedos con muchísimo cuidado, aunque el director nos había asegurado que era muy difícil que se rompieran, y lo volví a dejar sobre la mesa después de leer el título de la interpretación.

El primero que apareció en Radio Zaragoza y que él deseaba radiar con urgencia era la «Suite del Gran Cañón» de Grofé. La duración de la pieza era de veintiocho minutos, a 33 revoluciones, e interpretada por la Orquesta Sinfónica de Nueva York. Un auténtico lujo al alcance de sus manos y que ya había tenido oportunidad de escuchar a través de Radio Nacional de España en sus espacios dedicados a grandes conciertos.

Me parecía imposible que media hora de música pudiera incluirse en un solo disco, porque traducido a piedra eran cinco por las dos caras. Nos dijo don Ángel que se podían radiar hasta cincuenta de ellos sin cambiar de aguja. El problema era que no teníamos un aparato adecuado para reproducirlo y debimos esperar una interminable semana hasta que llegó el nuevo tocadiscos y lo conectaron a la mesa de control. Esa misma noche, pasadas las doce, cuando terminé la emisión con el himno nacional, una vez apagada la emisora de Casablanca, llegó el gran momento. El aparato se puso en marcha, hacía ruido, pero el ingeniero nos tranquilizó al asegurarnos que no salía a antena. El técnico colocó, no sin temor, el brazo del tocadiscos sobre el microsurco y dio volumen al altavoz. Fue una maravilla, parecía que la orquesta estaba allí mismo. Los primeros compases del Amanecer de la Suite del Gran Cañón nos envolvían dejándonos extasiados. Nadie dijo nada hasta el final, cuando aplaudimos de manera espontánea, completamente emocionados.

Como es lógico, a Paco Ortiz le faltó tiempo para emitir esta copia en su primer programa de «La alfombra mágica», con un cuidado guión y sin avisar a los oyentes de las innovaciones tecnológicas de la emisora, que llamaron para felicitar por el extraordinario sonido del concierto. Los nuevos discos llegaban con cuentagotas pero los viajes que entonces organizaban a Andorra servían para aumentar la discoteca.

Después aparecieron los microsurco pequeños, los de 45 rpm, con una canción o melodía por cada cara. Eran un incordio porque duraban muy poco y ocupaban mucho espacio, pero sonaban muy bien y tampoco había que cambiar las agujas.

sábado, 2 de julio de 2011

CAPÍTULO IX. ZARAGOZA, EN CLAVE DE RADIO

Excepto en la dulce soledad del locutorio, Paco Ortiz compartió gran parte de su vida profesional con el público, con los oyentes, y con quienes acudían a los grandes espectáculos deportivos, culturales o sociales de la ciudad. Poco después de su llegada a Zaragoza tuvo la oportunidad de estrenarse como reportero radiofónico en el Congreso Mariano Nacional. Era el año 1954 y todos estamentos políticos, religiosos y sociales se volcaron en el evento.


Con el inestimable apoyo de Gustavo Adolfo cubrí el recorrido de Franco por el Paseo de la Independencia, Coso, Calle Alfonso y Plaza del Pilar. Mientras uno comentaba, otro tenía que correr como alma que lleva el diablo para llegar al otro micrófono instalado en la ruta del General. El escenario erigido frente a la Basílica era impresionante: el Gobierno en pleno, las autoridades nacionales y locales arropando a los ministros, embajadores de diferentes países sudamericanos, cardenales y obispos de todas las diócesis españolas, altos cargos militares, bandas de música y coros... parecía un gigantesco teatro en el momento mismo del estreno. Dentro, el Nuncio de Su Santidad y el Arzobispo de Zaragoza, don  Rigoberto Doménech, esperaban al Jefe del Estado para recibirle con los honores dignos de su cargo.
Aquella transmisión fue especialmente difícil, entre otras cosas, por el diferente tratamiento de cada uno de los personajes. Los había eminentísimos, excelentísimos, ilustrísimos y reverendísimos; una mínima equivocación hubiera sido desgraciada para Gustavo o para mí. Además, los grandes silencios entre acto y acto, los cambios en el programa y el nerviosismo propio del caso, nos llevaron hasta el límite del agotamiento.

Según las crónicas de entonces, «se vivieron con un profundo y respetuoso dolor» los funerales y el entierro del gran cantador de jotas José Oto en 1955, un año después. En esta ocasión fue en la plaza de Santa Engracia donde se reunieron miles de entusiastas y admiradores de este aragonés ilustre para darle el último adiós.

Aunque parezca mentira, medio Aragón se dio cita en los alrededores de la parroquia de Santa Engracia y siguió la comitiva hasta el cementerio de Torrero en una impresionante manifestación de duelo. El paso callado de las rondallas, enmudecidas, las ausentes voces de los joteros, dormidas las cuerdas de sus bandurrias y guitarras, hicieron que el silencio mordiese el corazón de los que allí estaban. La voz de quienes contábamos a los oyentes lo que ocurría con respeto y gravedad, también se entrecortó por la emoción y dejó que el mudo ambiente se adueñase del éter.

Ciento cincuenta años después del primer «sitio» de Zaragoza, la ciudad pudo rendir público tributo a uno de sus grandes héroes. Palafox no se rindió, pero falleció de peste durante el asedio y sus restos fueron de un lugar a otro hasta reposar en la capital de España. El regreso del General fue seguido también con veneración por los vecinos, que aprovecharon para echarse a la calle una tarde de otoño de 1958, acto que también fue transmitido por Paco Ortiz.

El cadáver de don José de Palafox fue trasladado desde el Panteón de Hombres Ilustres de Madrid hasta la Basílica del Pilar, donde quedaron depositados. El arcón con sus restos lo llevaron primero al edificio de la Diputación Provincial, en la plaza de España. Posteriormente fue conducido en un carruaje funerario tirado por caballerías y custodiado por dos filas de fuerzas militares vestidas de gala, hasta el Pilar. Miles de zaragozanos vieron pasar el cortejo fúnebre en completo silencio, mientras la banda interpretaba música solemne. Fue gratificante para mí realizar una transmisión tan llena de datos y curiosidades sin la presión de la censura ni la precipitación a la hora de instalar los micrófonos.

Pero Paco Ortiz también disfrutó de acontecimientos tan serios y al mismo tiempo tan divertidos para narrar. Ahora sería difícil imaginar algo tan peculiar como el siguiente episodio, que podría incitar a la sonrisa a una juventud acostumbrada a casi todo gracias a la televisión. Pero era una costumbre arraigada en la sociedad de la posguerra que los obispos entrasen en la sede de la diócesis a lomos de una mula blanca. Mi padre tuvo la oportunidad de retratar la curiosa tradición que se rompió con la llegada del arzobispo Elías Yanes.

Tanto don Casimiro Morcillo en diciembre de 1956, como don Pedro Cantero en julio de 1964, sintieron el cariño del pueblo zaragozano mientras bendecían a los fieles en la Plaza del Pilar. Durante el relato a nuestros oyentes del paso de los prelados en mula, con una generosa documentación y una larga biografía apoyando nuestros comentarios, ellos soportaban con estoicismo el tránsito. No es nada cómodo el desplazamiento sobre un animal y menos para personas entradas en años con poca costumbre en esos menesteres. Yo era muy joven por entonces y tenía que hacer grandes esfuerzos por no caer en la sutil ironía o incluso tomarme a broma el trotecillo de la mula. Con el paso del tiempo me apena que costumbres como éstas no las conozcan jamás las nuevas generaciones.

Una de las anécdotas que demuestran la espontaneidad de mi padre y el escaso respeto por la autoridad, la protagonizó el día de la primera entrevista que le concedió don Pedro Cantero Cuadrado cuando tomó posesión del arzobispado de Zaragoza. Después de un café bien cargado que rompió el hielo, le advirtió al joven locutor con una pícara sonrisa: “Conste que yo también soy periodista y juzgaré su trabajo”. Él le contestó, sin pensárselo dos veces: “Le aseguro, señor arzobispo, que por mi parte me siento incapacitado para poder enjuiciar su labor eclesiástica”. Y se quedó tan ancho...

Tras esa sencilla muestra de sinceridad la relación que mantuvieron ambos durante muchos años fue de respeto mutuo y admiración por las cualidades pastorales de Cantero. Pero detrás de su capacidad radiofónica, dos buenos amigos, los canónigos Antero Hombría y Juan Antonio Gracia, siempre le allanaron el camino para facilitar su acceso a ésta y otras autoridades religiosas.

La plaza del Pilar es muy diferente en la actualidad a la que conoció Paco Ortiz cuando descendió de su viaje sin retorno en la estación del Norte en 1951. Para unos es más funcional ahora, para otros tenía más sabor antaño... pero casi todos están de acuerdo en que las cuatro torres hacen mucho más monumental la Basílica-Catedral. Y los hay que no saben que las dos más cercanas al río se erigieron hace tan sólo cincuenta años.

La construcción de estas dos torres y su elevación metro a metro fue seguida con especial y periódica asistencia por la prensa y los vecinos de Zaragoza. La inauguración en 1959 de la tercera torre no tuvo gran repercusión y el acto, presidido por don Casimiro Morcillo, fue más bien sencillo. Pero la finalización de la última y más moderna, dos años después, tuvo mayor incidencia en el sentir de los ciudadanos.
Los curiosos se apiñaron en la Plaza observando cómo la bola de metal que culminaba la construcción, se colocaba arriba con gran esfuerzo mecánico. No en vano mide un metro y quince centímetros de radio y va rematada por una cruz también de importantes dimensiones.
Subimos Luis Nápoles y yo por unas empinadas escaleras hasta la mitad de la torre (no nos atrevimos a más), cargados con el pesado magnetofón de hilo y un montón de cables para grabar un reportaje conmemorativo. Casi nos caemos al bajar, pero fue impresionante contemplar Zaragoza desde el cielo y contárselo a los oyentes mientras el cierzo nos despeinaba. Volvíamos, los de la radio, a ser unos privilegiados”.

Los toros no fueron una de las facetas radiofónicas cultivadas por Paco Ortiz, aunque una vez saltara al ruedo en un festejo taurino de beneficencia. Pero estuvo vinculado a ella como locutor durante algún tiempo gracias al programa «Toriles», un espacio escrito y dirigido por Manuel Sáinz, popularmente conocido en el mundo de los toros como «Armando Jarana». Durante una feria taurina del Pilar fue reportero ocasional de toreros, empresarios y ganaderos, siempre bajo la atenta mirada de don Manuel, veterano oficial del ejército durante el día y jefe de emisiones de noche en la radio.

Me convenció de que podría ser una experiencia apasionante y no lo dudé ni un minuto. Tenía muchísimas ganas de hacer cosas y, aunque los toros no eran mi fuerte, me armé de valor y me dispuse a trabajar el callejón.
El programa se emitía a las tres de la tarde, nada más terminar el diario hablado de Radio Nacional de España, y consistía en un anticipo de la corrida de esa tarde y un resumen de la celebrada el día anterior. Su análisis y comentarios se completaban con entrevistas grabadas a los protagonistas de la fiesta.
Solamente le puse una objeción: no habría reportaje si previamente no me entregaba el cuestionario. En este caso no quería ningún tipo de improvisación para que nadie me pusiera la cara colorada. Armando Jarana me dio la oportunidad de ver de cerca y entrevistar a los grandes diestros del momento, los Dominguín, Bienvenida, Curro Romero, El Litri, Aparicio, Ordóñez, Manuel Benítez y el paisano Fermín Murillo, con el que llegué a mantener una buena amistad.

viernes, 1 de julio de 2011

CAPÍTULO X. EL BALLET CASCANUECES

En los nuevos estudios de Marina Moreno la instalación de reproductores de microsurco era perfecta. Ya no se colocaron los de piedra, aunque permaneció como recuerdo durante algunos años uno de ellos, por si acaso se daba la situación extraordinaria de radiar de manera puntual algún concierto todavía no impreso en vinilo. La transición supone un riesgo, sobre todo para quienes no se reciclan con la suficiente rapidez que demanda la radio.
Nunca olvidaré un programa que titulaba «Música de las estrellas» y en el que una vez por semana seleccionaba una obra musical clásica muy popular. Escribía sobre el autor y la pieza, emitiéndola completa. Era un espacio radiofónico sin grandes pretensiones que se emitía sobre las once de la noche, cuando todavía no se veía apenas la televisión en los hogares. Era gratificante pensar que muchos oyentes escuchaban una buena selección musical comentada, sentados tranquilamente en sus sillones. Aquel dichoso día había elegido como tema musical el ballet «Cascanueces». En cinta de bobina grabé algunos comentarios sobre el autor, curiosidades, noticias del día del estreno, su argumento... es decir, complementos que realzaban y ofrecían una visión más completa de la obra que después se iba a emitir.

Poco se imaginaba en la sobremesa de la cena, dispuesto a escuchar el programa para valorarlo como oyente y subsanar los posibles fallos, que tendría que recordar su época de atleta y correr en pocos minutos los mil metros obstáculos, exactamente la distancia que separaba su casa de la radio.

El programa tenía una duración de cuarenta minutos, treinta de ellos del disco, por lo que grabé una cabecera de diez minutos exactamente. Estaba con mi mujer sentado junto al aparato de radio, con la intención de disfrutar ambos de una buena velada musical. La cinta entró sin problemas, mi voz sonaba como si estuviera en directo y me preparé, arrellanado en el sofá, a escuchar con un hormigueo en el estómago la interpretación de «Cascanueces». Creí morir cuando sonó a 45 revoluciones cuando tenía que radiarse a 33, ya que era un LP.

El técnico no se apercibió de la hecatombe, pero los oyentes debieron quedar totalmente sorprendidos por ese comienzo tan original. Lo malo no era la diferente velocidad, que hacía cómica su puesta en antena, sino que el programa iba a terminar por lo menos diez minutos antes. No había nada preparado y el sincronizador, completamente ajeno al problema, no sabría qué hacer con diez minutos de vacío por delante.

Corrí desesperado por las vacías calles mientras los serenos me miraban como si hubiera enloquecido. Llegué en tan solo tres minutos a la puerta de los estudios y subí a saltos las escaleras. Ya en la discoteca, cogí el primer microsurco que encontré a mano y entré como un poseso al control. Allí estaba, tan pancho, el compañero, ajeno al desastre y sorprendido por mi aspecto.

 
Conociendo a mi padre, me imagino la serie de improperios que tenía previsto arrojar sobre el técnico, pero no debió darle tiempo. Según me comentó mientras preparábamos el libro, le miró dulcemente y con cierta gracia le dijo: «Jolín, Paco. Mientras  estaba  oyendo  el disco,  pensaba  en los  pobres bailarines. ¡Deben terminar reventados!»

Tan ingenuo como una mascota, satisfecho por su ocurrente comentario y con una sonrisa de oreja a oreja. Ante esta impensada respuesta, soltó una carcajada que evitó cualquier discusión mientras el disco seguía a toda velocidad. Al llegar a uno de los cortes, pidió perdón a los oyentes y completó el programa en directo con otra obra, pero a 33 revoluciones, muy por debajo de las ciento ochenta pulsaciones de su corazón.

jueves, 30 de junio de 2011

CAPÍTULO XI. LOS GUIONES Y EL CUADRO DE ACTORES

La magia de las ondas continúa hechizando a millones de oyentes en nuestro país. Primero fueron los grandes conciertos, después los programas cara al público y, más tarde, las novelas radiofónicas que colapsaron las tardes españolas de los años cincuenta, sesenta y comienzos de los setenta. La televisión ha popularizado unos seriales de centenares de capítulos de origen sudamericano que, emitidos en la sobremesa, son seguidos por millones de espectadores. Se trata de «culebrones» de escasísima calidad, con unas dotes interpretativas muy limitadas de los actores y unos argumentos insostenibles. La necesidad de sacar al exterior los sentimientos más profundos o el reflejo de desengaños amorosos pasados, favorecen su éxito de audiencia. Es una vuelta a las radionovelas pero con imágenes, sin la creatividad de unos autores que ponían al servicio de los cuadros de actores toda su capacidad dramática.


Me vienen a la cabeza grandes éxitos como Ama Rosa, seriales magníficos de todo un especialista como Guillermo Sautier Casaseca y las voces inolvidables de Pedro Pablo Ayuso o Juana Ginzo. Ser actor delante de un micrófono es algo muy serio, porque la intensidad interpretativa solamente se consigue cargando el peso de la actuación en la voz. En la radio no valen las expresiones ni los gestos. Hay que saber leer correctamente, declamar, pronunciar con exquisita corrección y no ser exagerado en la puesta en antena. Meterse en un determinado papel, con un micrófono delante y unas cuartillas escritas, no es nada fácil. Incluso importantes actores teatrales fracasaron rotundamente en la radio.


 
Paco Ortiz, que reconocía no tener dotes de actor, se especializó en el papel de narrador, una figura de gran importancia en las radionovelas. Esa voz, grave y profunda, pero de fácil desenvoltura y de cadencias rítmicas, era el hilo conductor de la historia y quien situaba al oyente en la escena que se interpretaba. Una de las figuras perdidas con la desaparición de los cuadros de actores era la de «especialista en efectos sonoros», un profesional cualificado y cuya intervención podía mejorar un guión mediocre o destrozar una magnífica historia.

Hace tiempo que dejó de existir porque los discos de efectos especiales, que ahora pueden parecer una antigualla, le sustituyeron con todos los elementos que aportaba a la realización de la novela. Como antes se hacía todo en directo al no existir las grabaciones, la eficacia de su oficio resultaba definitiva.
Aunque parezca mentira, el sonido del mar lo conseguía con un gran pandero lleno de perdigones. Según lo movía con más o menos energía, daba la sensación de una suave marea o de un terrible oleaje. Para conseguir el efecto del viento, soplaba un folio cerca de sus labios y para recrear una tormenta, movía con más o menos energía una cartulina. El fuego lo simulaba arrugando un papel de celofán. Y el paso, trote o galope de un caballo (quizás el efecto más conocido por la gente), lo lograba con dos cortezas de coco que golpeaba sobre una caja llena de tierra y piedras. Era curioso, también, ver al especialista colocar unas pequeñas puertas cerca del micrófono, con su manija correspondiente, para obtener el sonido de apertura o cierre con chirrido incluído.


 
Lo peor en la emisión en directo de teatro o radionovelas era la risa. Cualquier mirada, cualquier error, cualquier sonido imprevisto, producía desde la más leve sonrisa hasta la más explosiva carcajada. Estaban los graciosos habituales, que hacían gestos o gastaban bromas pesadas al resto de los actores. El ambiente era de gran camaradería pero, a veces, tanta confianza generaba una excesiva relajación en el ambiente que terminaba en un cachondeo difícilmente ajeno al oyente.

Ocurría alguna que otra vez que uno de los intérpretes se saltaba una línea y el guión perdía completamente el sentido. Las frases masculinas se convertían en femeninas o viceversa, por lo que se debía improvisar. También eran frecuentes las «morcillas», apéndices inventados por el propio actor para enriquecer el diálogo. Pero nuestra principal preocupación era contener la risa cuando alguien se equivocaba. Sucedía que, en un pasaje especialmente dramático, algo pasaba que suscitaba la hilaridad. Y cuanto más se intentaba disimular, más cómica era la situación.

Paco Ortiz intervino como narrador, en cientos de guiones y obras. «Teatro en la noche» ofrecía a la audiencia todos los viernes una pieza de teatro adaptada a la radio que se emitía en directo. «Los estrenos», que era una dramatización de los grandes estrenos de opera y zarzuela, consiguió un premio ondas. Su autor y director fue Manolo Serrano, que recogió el galardón. También fue responsable de «la vida de Miguel Fleta», emitida por todas las emisoras de la SER poco tiempo después con gran éxito de audiencia. Una de las mejores series jamás producidas por Radio Zaragoza fue «el Bimilenario de Zaragoza», escrita por diferentes autores -todos ellos de gran prestigio- en 1976, en conmemoración de los dos mil años de fundación de la ciudad. Allí fue, precisamente, donde inicié mi actividad radiofónica como extra y actor de reparto. A mi lado estuvo Cristina, mi madre, que colaboró en papeles de importancia en la serie. El cierzo, que era quien narraba la historia, fue magistralmente interpretado por Paco Ortiz en un personaje que parecía creado para él.

Uno de los mejores capítulos fue el dedicado a los sitios de Zaragoza, cuyo autor fue José Maria Zaldívar. Se llegó a un acuerdo con las iglesias de la ciudad para que a una hora determinada volteasen las campanas y se recogiese en magnetofón su sonido para después incorporarlo a la grabación. Aunque anunciamos antes y después el hecho, mucha gente se quedó perpleja ante el volteo masivo de las campanas. Contamos también con la colaboración de la Academia General Militar, donde los micrófonos captaron las granadas al estallar, el ruido de los cañones y el disparo de las balas de fogueo para simular el ataque del ejército napoleónico.
Sin saberlo, los espectadores de la Romareda también sirvieron de improvisados defensores de la ciudad, ya que se grabaron los gritos y el ambiente de miles de aficionados como si fueran zaragozanos levantándose en armas contra los franceses en plena calle. Todo esto, mezclado convenientemente en el estudio y apoyado por discos de efectos especiales, le dio una espectacularidad al montaje que nos sorprendió a nosotros mismos.
Fue la última gran producción premiada también con el Ondas, antes de la definitiva reconversión de la radio. El encanto de aquellos tiempos murió con la celebración de los dos mil años de historia de Zaragoza y con él, toda una filosofía y manera de entender el medio. La verdad es que me produce una gran nostalgia revivir aquellos instantes de tensión y nerviosismo inmediatamente antes de intervenir en aquellas inolvidables producciones radiofónicas.

miércoles, 29 de junio de 2011

CAPÍTULO XII. LA ROMAREDA TOMA EL RELEVO

El ocho de septiembre de 1957 se inauguró el campo municipal de la Romareda. La construcción de un nuevo estadio era necesaria por la proyección del equipo y por una afición floreciente que no tenía cabida en unas instalaciones tan vetustas como las de Torrero. Su edificación culminaba uno de los más importantes ensanches de la ciudad y se ubicaba junto a la Feria de Muestras, que también se iba a ver relanzada en los años sesenta. El partido que abrió la nueva era futbolística de la ciudad tenía también un aliciente especial para la futura familia Ortiz Remacha.

El Real Zaragoza acudió al presidente de Osasuna para que los navarros disputasen el encuentro inaugural y le encargaron a mi futuro suegro Pablo la copa que se llevaría el ganador del partido. Aunque el Zaragoza consiguió la victoria, el entonces presidente del club y futuro alcalde de la ciudad, le ofreció el trofeo a los pamploneses en señal de cortesía y buena vecindad. No se imaginaba el bueno de Cesáreo Alierta que en aquel momento despojaba al Real Zaragoza de una auténtica obra de arte. Que yo sepa, aquella era la única copa en hierro forjado que pudiera existir en las vitrinas de un club.

El fútbol hizo desaparecer paulatinamente al locutor de continuidad y le aproximó a las transmisiones futbolísticas que tuvieron su cénit en la época de los «cinco magníficos». Aunque continuó hasta el final presentando programas musicales, concursos y magacines, esta faceta pasó a un segundo piano dado el interés de los partidos y el tiempo que invertía en los desplazamientos. Su comienzo en «Carrusel Deportivo Terry» desde el campo de Torrero con Vicente Marco, hipotecó los domingos en Zaragoza, de la misma forma que los viajes para seguir al equipo de fútbol le ocupaban los fines de semana cada quince días. En Carrusel permaneció casi treinta años, junto a profesionales de la talla de Juan de Toro, Joaquín Prat, Pepe Bermejo, Juan Tribuna, Fuentes Mora, Miguel Domínguez o Chencho.

 
El cambio a la Romareda fue un alivio aunque la nueva cabina de la Romareda no era mayor que la de Torrero, pero para sentarnos el técnico y yo era suficiente. El Zaragoza era un recién ascendido y la explosión radiofónica tardaría todavía tres o cuatro años en llegar, gracias a la buena marcha en la liga y a los títulos nacionales e internacionales conseguidos. El estadio era amplio, funcional y cómodo, el tranvía llegaba hasta allí y la gente cuando el tiempo era bueno, se acercaba andando a la Romareda. Yo solía hacer una parada en el bar de «Paco el Botas», que se llamaba Gymkana, tristemente desaparecido.

Yo recuerdo también ese bar, donde hacía una «parada técnica» con mi padre en los partidos de septiembre y junio, al comienzo y al final de la liga. Y nunca me olvidaré que uno de esos días fui testigo del debut de Lobo Diarte en la Romareda, compartiendo alineación con Arrúa y Ocampos. Como tampoco se me borrará de la memoria el rito de bajar al portal de casa y que nos recogiera con su flamante Seat 124 Luis Nápoles para ir a buscar a Manolo Muñoz a la avenida Tenor Fleta y de allí a la Romareda.